El pasado domingo 15 de febrero, a las 12:00h, la Cúpula del Centro Niemeyer fue mucho más que una sala de conciertos: se convirtió en una plataforma de lanzamiento. Allí, El León de Oro no ofreció simplemente una actuación, sino que inició una cuenta atrás emocional que culminó en un despegue sonoro de esos que dejan huella. El público, con las entradas agotadas días antes, aguardaba como quien espera el rugido de los motores antes de atravesar la atmósfera.
La cuenta atrás comenzó en el silencio. Un silencio denso, cargado de significado, casi eléctrico. No era ausencia, era materia prima. Era el combustible invisible que alimentaría el viaje. El programa, articulado en torno a la idea del “silencio ensordecedor”, convirtió cada pausa en un espacio de tensión contenida, en ese instante suspendido en el que todo puede suceder. Como señalaba la revista Scherzo, fue un concierto sobrecogedor, una experiencia que obligaba a escuchar incluso lo que no sonaba.
Entonces llegaron las primeras voces, precisas y homogéneas, elevándose con una pureza que recordaba al encendido gradual de los propulsores. El empaste fue impecable, el timbre bello y compacto, la afinación milimétrica. Cada cuerda se integraba en un engranaje perfecto, y la acústica de la cúpula actuó como una cámara de resonancia que expandía el sonido hasta envolverlo todo. No hubo fisuras, no hubo turbulencias: el ascenso fue firme, seguro, imponente.
Las obras elegidas fueron todo un acierto de principio a fin: Andrea Venturini y su Deafening silence, que daba título al programa, Lorenzo Donati con Davanti alle tenebre, Dentro alle tenebre y Oltre le tenebre, Arvo Pärt y sus Nunc dimittis y The deers cry, Jonn Cage (único compositor fallecido) con su controvertida 4’33″, obra que con su título nos marca la duración de un silencio mágico, Kim André Arnesen y su Even When He is Silent y Eric Whitacre con Water Nigth y When David heard. Las pausas no interrumpían el discurso: lo sostenían. Tal y como ocurre en el espacio exterior, el vacío era el marco que permitía que las estrellas brillaran.
Hubo momentos de una belleza casi irreal, de esos que obligan a contener la respiración. El público permanecía inmóvil, consciente de estar viviendo algo extraordinario. Las voces parecían flotar, ingrávidas, suspendidas en una órbita sonora donde el tiempo se diluía. No era solo perfección técnica; era emoción canalizada con inteligencia, era profundidad expresiva, era una invitación a mirar hacia dentro mientras la música nos llevaba hacia lo alto.
Bajo la dirección artística y musical de Marco Antonio García de Paz, El León de Oro demostró una madurez artística que lo sitúa en una dimensión propia. Su gesto firme y detallista marcó cada entrada y cada respiración, como quien calcula con exactitud la trayectoria de una nave espacial. Supo dosificar la tensión, administrar el silencio y liberar la energía en el momento justo, logrando un equilibrio que rozó lo sublime.
Cuando llegó el final, no hubo explosión estruendosa, sino esa sensación de haber atravesado la atmósfera y contemplar la Tierra desde otra perspectiva. El aplauso fue largo, cálido, inevitable. Porque lo que se vivió no fue un simple concierto, sino un viaje. Un viaje coral que confirmó que El León de Oro no solo canta: despega, atraviesa fronteras y nos lleva, con una naturalidad pasmosa, hasta el infinito y más allá.
Más información en:
Revista Scherzo – El León de Oro: un concierto sobrecogedor en torno al silencio
La música en Siana – Silencios sonOROs
La Nueva España – El León de Oro le grita al silencio
El Comercio – El silencio y el clamor de un público comprometido resuenan en el Niemeyer (pdf)







